Desde la convicción, el orgullo y la pericia, Huracán se quedó con un partido de comienzo desdichado e inyectó calorías en un promedio al que ya no se le marcan los huesos. Con el aplomo de los ganadores, revirtió una diferencia de dos goles que Temperley consiguió en poco tiempo y que lució inasequible durante largos minutos, pero que jamás le mitigó el espíritu ni la idea de juego. De yapa, el equipo de Eduardo Domínguez volvió a gozar la máxima expresión de su dupla de ataque, decana de una cátedra de estilo que le subió la temperatura a la noche húmeda del domingo con una de sus mejores clases.

Fueron el carácter y el oficio las armas que el Globo esgrimió para batirse a duelo con el letargo de la primera media hora. De dos jugadas a balón quieto llegaron los desniveles a favor del Gasolero, que capitalizó fallas en secuencia del fondo quemero y posó ambas manos sobre el triunfo. Pero no hubo tiempo para que se aferrara: en una ráfaga, Huracán inoculó sus movimientos ofensivos a través de las bandas del rival y devolvió el marcador al empate por medio de Mariano González y Ramón Ábila. Al rato, el Celeste perdió un punta y se mostró como un cielo despejado para volar en la segunda mitad.

En efecto, el reloj no llegó a contar diez del complemento antes que el local sellara la remontada. Otra vez, Mauro Bogado dio a luz las acciones claves. Otra vez, Cristian Espinoza asistió. Otra vez, Wanchope le dio cuerda a la Bonavena para que exclame un grito de desahogo y euforia. Tres puntos, jolgorio y expectativa. La vista, sobre la parte alta de la tabla. Más temprano que tarde en un torneo que por corto premia a las buenas rachas, los de Domínguez se ilusionan con un semestre a la altura del último año, tan anómalo como inolvidable.

 

Foto: Fotobaires


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