Sonó la alarma del cuartel una vez más. Había una casa en llamas que necesitaba ayuda. Su casa. Su ayuda. En un hervidero con estructura de palacio y engalanado con cotillón, un trío de goles de un equipo cordobés con nombre de prócer fue la chispa que saltó sobre un partido de fútbol inflamable. El griterío que advino era caluroso como el fuego. El espectáculo deportivo tuvo un final abrupto, prematuro e irreversible, al igual que la dirección técnica de Frank Darío Kudelka. Así como hay memoria visual, sonora y gustativa, está la emocional. Esa tarde, en el corazón del hincha quemero, se removieron la pesadumbre y la aflicción que lo habían envuelto años atrás, en la Bombonera, cuando un lobo salvaje hundió los dientes en el cuerpo famélico de una esperanza arrapieza.

No había rumbo. El humo tóxico, lleno de incertidumbre y malos augurios, se cernía sobre Parque Patricios y todas las puertas de salida tenían doble vuelta de llave. En vísperas de lo que hubiera sido la temporada más nociva de una historia centenaria, Néstor Apuzzo se emperifolló con un atuendo maltrecho y nada elegante, pero que siempre tenía a mano en el armario. Mameluco, casco, botas. Y guantes de plomo para mantener el pulso a raya. No estaba equipado con manguera o siquiera una hidrolavadora, pero con un balde lleno hasta el tope, llegó con velocidad de gacela y empezó a rociar agua sobre los focos de incendio más graves. El dueño de casa, una persona anti-gregaria que no pudo evitar el accidente por haberse quedado dormido, le expresó su gratitud con una invitación a permanecer un rato.

El incidente se resolvió más rápido de lo que parecía posible. En unas pocas semanas, una multitud volvió a invertir en pastillas de ilusión. Hasta el manto gris que cubría el cielo se entreabrió para dar paso a un haz de luz y dejar caer una estatuilla curvilínea, brillante, de color plateado y aspecto desconocido. Los que más saben del tema dijeron que se llamaba copa, que daba prestigio y debía lucirse en una vitrina. Varios aportaron que fue un obsequio de un bohemio artesano de barro santafecino que vuela sin capa, que también usa guantes y que no solo da una mano, sino las dos. O tres. O cuatro. En realidad, no se sabe verdaderamente cuántas tiene.

Con el árbol de Navidad armado, el bombero tuvo un viaje de júbilo a Mendoza. Lejos de pinchar el globo con las garras, sus leones rugieron con aliento de helio para que vuele alto. Y en primera clase. Paradójicamente, justo él, que había sido convocado para luchar en las mal llamadas Falklands Islands, alcanzó un sueño en el estadio Malvinas Argentinas, que se construyó por capricho militar y se inauguró en plena dictadura.

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Llegó el verano y la vestimenta rudimentaria le dio a Apuzzo un poco de calor. Además, ya no la sentía cómoda. Se calzó traje, camisa y corbata. En el bolsillo del saco, encontró otra invitación del taciturno presidente. Esta vez, era definitiva. Obnubilado por la circunstancia inmejorable, accedió a todas las peticiones y su grupo de trabajo se debilitó. La conquista en tierras incas en los albores de la temporada resultó un espejismo en lugar del prólogo de un tiempo laureado. Malas cosechas llevaron a aferrarse de los pequeños momentos de alborozo y erigir un hermetismo que solo empeoró las cosas.

Un golpazo en Venezuela volteó a los más escépticos, que sintieron la tierra bajo los pies y regresaron a sus reclamos cotidianos. La mayoría continuó engatusada por esa fragancia apoteósica que desprendía el boleto de avión a San Juan. Una semana después, ese vuelo nocturno, al que no pudo frenar ni el más millonario, embriagó a muchos con la captura de otra estrella y la celebración de una cita sudamericana. El piloto fue uno de ellos y tenía sus razones: nunca alguien había volado tan alto en el club.

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Pero la aeronave sintió la puna y el conductor empezó a perder el control. Sin cruzar palabra con el segundo al mando, vio cómo desde bien arriba, del Olimpo mismo, bajaron corsarios de color taxi, piratearon la alegría y provocaron varios cortocircuitos. Un colaborador moreno y con la panza inflada de gritos de gol salvó una hélice. Un actor de reparto con nombre bíblico y apellido de leyenda del fútbol retrasó la precipitación. Mientras tanto, los pasajeros se acordaron -más vale tarde que nunca- de leer el prospecto de aquellas mencionadas pastillas y se enteraron que fastidio, intranquilidad y desencanto son algunos de los efectos colaterales. Y turbulencia, una contraindicación.

Ya no goza del tanque de combustible lleno ni el visto bueno de toda la tripulación, pero Apuzzo encontró un momento de paz en el que la necesidad de maniobrar para evitar el impacto se avista a lo lejos. Una porción del patrimonio más preciado para su profesión, el tiempo. Un agasajo de Cronos -o de los organizadores de la Copa América-, que le otorga la chance al bombero vestido de traje de resolver la crisis de identidad, recuperar la voz de mando y regenerar la humildad. Y de aprender a regular las tormentas como los incendios para aterrizar con éxito y evitar la vuelta del fuego a su casa, Huracán.


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