Sean inmerecidas, didácticas o dignas, las derrotas duelen. Perdimos la final de la Sudamericana después de parir una serie eterna, durísima, con los dientes apretados y sin recibir goles ni caer ante nadie. Fallamos en el tipo de definición que más alegría nos dio en los últimos cuarenta años, los penales. Nos lamentamos por no tener esa copa que estaba ahí, en El Campín, cerquita de nuestros jugadores. Qué bien hubiera quedado esa base plateada brillante rodeada y alzada por las manos de Nervo. Pero no. Fue un sueño incumplido, una añoranza sin final feliz.

Hoy, como ayer y como mañana, seguimos en nuestras rutinas. En el trabajo o en los últimos días de facultad. Algunos, en el armado de sus vacaciones. Otros, aún lamentándose. Sin embargo, algo cambió. Esa congoja inevitable por perder nuestra primera final internacional está acompañada por otro sentimiento raro, ajeno, casi desconocido. Es una fuerza que se siente en el pecho y nos hace mover los brazos. Lo más llamativo es que le combate a puño limpio un lugar a la pena que trajo ese remate de Toranzo al travesaño. ¿Por qué queremos inflar el pecho y alzar la frente si ayer nos dimos un golpazo? ¿Por qué no tenemos éxito cuando intentamos rastrear al menos una gota de vergüenza?

La realidad es que Huracán nos curtió. No somos los mismos de 2009 ni aquellos que vimos cómo Independiente y Ceballos nos arrebataban el lugar que nos pertenecía. De la expedición por dos de las tres provincias cuyanas, volvimos campeones. Disfrutamos un año en Primera División y gozamos el roce internacional de la Libertadores. Bajamos de un hondazo a los primos y nos dimos un par de lujos contra los ‘samurai’ de River. Además, cerramos el año en el lugar que cientos de equipos anhelaron, pero solo dos ocuparon.

Sean inmerecidas, didácticas o dignas, las derrotas duelen. Pero esta nueva piel de hincha, elastizada y resistente, se labró con el respeto y la admiración que ganamos en tan solo poco más de 365 días. Eso fue lo que cambió. Los diarios y las páginas deportivas hablarán de manos vacías, pero nosotros sabemos que todo esta experiencia nos dejó una gran satisfacción y el orgullo por las nubes. Y la seguridad de que lo ocurrido en Bogotá fue la última línea del prólogo de una hermosa historia, ni más ni menos que el fin del principio.


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