Si se sacan de contexto los 90 minutos del partido ante Lanús, se deja de lado la apremiante situación en la tabla de promedios y se apartan los vulgares manejos dentro del club, se podría decir que a Huracán solo le faltaron cinco para el peso. El indiscutible cambio actitudinal le permitió al equipo ahora dirigido por Eduardo Domínguez ser levemente superior al Granate, lo que no es poco si se mira al pasado inmediato y rememora la goleada sufrida en Mataderos. La falla, lo que privó al Globo de un triunfo que alivie la presión que ejerce la soga del descenso sobre su cuello, fue el factor aptitud.

El local quiso e intentó, pero no supo ni pudo. El cambio de esquema otorgó equilibrio y emparchó los huecos que la defensa tenía con el actual DT todavía en la línea de fondo. Aunque con muchas transiciones y problemas para el traslado, el poblado mediocampo ganó la batalla de la tenencia alrededor del círculo central y cumplió también cuando no estuvo en posesión de la pelota. La tranquilidad llegó para Marcos Díaz, que únicamente padeció a través de balones quietos. Sin embargo, la balanza se inclinó demasiado y los delanteros hicieron agua. El coraje de Cristian Espinoza le permitió auto-elaborarse dos llegadas, pero de poco riesgo. Ramón Ábila fue el que más sintió la descompensación: si no fuera por un grosero error de cáculo de Diego Braghieri que lo dejó mano a mano, ni siquiera hubiera pateado al arco.

Los cambios arriesgados del flamante entrenador en el complemento fueron más speech de venta que estrategia inteligente. En Huracán se abrió una grieta y el único recurso pasó a ser el pelotazo a Agustín Gil Clarotti, tan hábil con los balones aéreos como torpe e impreciso con la pelota al pie. La intensidad del Globo bajó y la apertura del marcador no llegó ni con la ventaja numérica sobre el visitante, tras la expulsión de Jorge Valdez Chamorro. Paradójicamente, la pólvora mojada de los de Parque Patricios encendió la corta mecha que tiene la impaciencia explosiva del público, que no se desentendió del promedio comprometedor, despidió a los jugadores con insultos y silbidos, y será juez de los próximos partidos en el Palacio Ducó, tan difíciles como trascendentes para el futuro del club.


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