Ni las enormes medidas del campo de juego ni la sofocante temperatura de Recife diezmaron al músculo más importante y el que sabiamente ponderó Huracán en su segundo viaje del año a Brasil, el cerebro. Atento a la realidad física del plantel, tan cuestionada a lo largo de la temporada, y al espacioso escenario de acción, condimento cotidiano en el fútbol del país más grande de Sudamérica, el Globo se plantó ante Sport Club con sapiencia y concentración. Y, fundamentalmente, con un plan de trabajo que sirvió para convertir un gol, obtener un empate y regresar a Buenos Aires con una sonrisa.

Hubo análisis y estudio, sacrificio e intensidad. El equipo de Eduardo Domínguez conservó el equilibrio defensivo con una línea de fondo que mantuvo el orden a rajatabla y basculó a la perfección en las subidas de San Román y Balbi. En la zona del círculo central y alrededores, que parecía tener la extensión de un océano, Federico Vismara fue un bañero salvavidas en cada jugada que requirió su presencia. Una vez más, el volante demostró que son tan lentas sus piernas como rápida su cabeza. Hasta el calambre cerca del final y por el que pidió asistencia pareció más actuación que necesidad de un jugador con el sentido de la ubicación hiperdesarrollado.

Las pocas veces que el ex Instituto naufragó, emergió la figura del partido, el que auxilia a los que auxilian, el camaleón que ya ha jugado de lateral, carrilero e interno. Mauro Bogado no necesitó la ropa de buzo para evidenciar esa carga extra de oxígeno que no solo fue premiada con el gol de penal, sino que se cargó el olvido de dos queridos por el hincha como Mandarino y Villarruel. El ex San Martín y Espinoza son los pulmones de un Huracán de musculatura poco consistente, pero que, mientras realiza tareas de fortificación con su nuevo entrenador, cosecha resultados con una antigua máxima: mente domina cuerpo.


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