Cuando se iba del estadio de Palmeiras, donde su Rosario Central cayó por primera vez en la actual Copa Libertadores, Eduardo Coudet dijo: «El día que vuelva a perder, quiero que sea así». Eso mismo que manifestó el díscolo entrenador canalla lo podría decir la gran mayoría del público de Huracán tras la derrota ante Sporting Cristal. Tan inmerecida como real, tan molesta como reconfortante. El Globo hizo méritos para llevarse algo de su visita a Perú y no ceder a la especulación de las combinaciones de resultados necesarios para avanzar de ronda.

Sin embargo, aunque mucho se recaiga en la tabla, los números, los triunfos factibles, las derrotas previsibles y demás de cara a las tres semanas libres de competencia internacional, la realidad es que Huracán, en efecto, no se fue de Lima con las manos vacías. La idoneidad y el espíritu del equipo de Eduardo Domínguez resignificaron una sensación que cargó sus cuotas de bronca y disgusto, pero también adoptó las de orgullo, alivio y satisfacción. Nada mal para un resultado adverso.

Por supuesto, los de Parque Patricios se quedaron casi sin margen de error. Pero la voluntad, el coraje y la perseverancia que se hicieron presentes en la casa de Cristal, donde la hazaña se quedó a un remate o un cabezazo de distancia, disminuyen la altura de esa cornisa por la que el Globo caminará de ahora en más en la Copa. El espíritu de un conjunto con bajas, en inferioridad numérica y condición de visitante fueron valía de pecho inflado y frente en alto. Por eso, Huracán ciertamente abordará el avión de la vuelta con la valija vacía de puntos, pero con un optimismo por clasificar más gordo que a la ida.


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