Hace exactamente 40 años la historia le guiñó un ojo a los amantes del buen fútbol y consagró campeón a un equipo que, los que saben dicen, fue el mejor de la historia argentina. De la mano de César Luis Menotti, que luego conquistaría el mundo con la selección nacional, se desplegó un juego vistoso, arrollador, contundente, como ya no se ve hoy en día.

El 16 de septiembre de 1387 nació en Monmouth, Gales, el segundo hijo de Enrique IV y María de Bohun. Heredero al trono inglés, Enrique V, como se lo denominó al siglo siguiente, era llevado a los campos de batalla desde los 12 años. Pese a su juventud, se desenvolvía con madurez y coherencia, con o sin la espada. En 1400, cuando una gran rebelión galesa reclamaba el principado, Enrique fue enviado por su padre a sofocarla. No solo lo logró sino que además sus tácticas fueron tomadas como ejemplo para enfrentamientos de mayor envergadura.

586 años después, a poco más de 11000 km de distancia, en Parque Patricios se jugaba un partido de fútbol entre Huracán y Gimnasia de La Plata por la fecha 32 del Torneo Metropolitano 1973. El Globo, conducido por un joven César Menotti, tenía chances de coronarse campeón tras 45 años de sequía. Eran tiempos en los que el buen juego ya no era la principal meta. La década del ’60 había marcado un cambio negativo en el fútbol argentino, cambio que tuvo su principal argumento en los títulos logrados por Osvaldo Zubeldía y su Estudiantes, cuya forma de jugar coqueteó con la verguenza deportiva y dio origen al doble sentido de su apodo, Pincharrata.

Pero Menotti no se dejó vencer por los miedos de ser un entrenador sin experiencia como tal, mantuvo firme su forma de apreciar el deporte y armó un equipo que fue aplaudido por propios y ajenos. Seis goles a Argentinos Jrs, cinco a Atlanta, tres a Colón, cinco a Racing, cinco a Rosario Central, otros cinco a Ferro. Fue verdaderamente fútbol espectáculo. Los demás clubes vieron en ese Huracán un espejo en el que se quisieron reflejar y comenzaron a imitarlo -a intentarlo, en realidad-. Las vueltas de la historia quisieron que aquel domingo gris el Lobo triunfara en el Palacio Ducó por 2-1. Sin embargo, la caída de Boca, inmediato perseguidor, decretaba el título. El Globo era campeón.

Aquel conjunto que formaba con Roganti; Chabay, Buglione, Basile, Carrascosa; Brindisi, Russo, Babington; Houseman, Avallay y Larrosa, marcó un punto de inflexión. Fue con el éxito logrado a través del juego por abajo, el toque, la precisión, la búsqueda sensata del gol, que Menotti logró callar esas voces que repetían hacía varios años «ganar como sea». El propio director técnico se ganó el llamado para entrenar a la Selección Argentina y conseguiría el primer campeonato mundial cinco años más tarde.

Hoy se cumplen 40 años desde aquel glorioso día en que Huracán gritó campeón, que el fútbol nacional escribió una de sus páginas más gloriosas y que el Flaco, como Enrique V, fue ejemplo e impidió la rebelión.


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