El martes 9, a las 10.03 de la noche venezolana (11.33 PM de Argentina), Diego Mendoza le puso la cabeza a un centro de Ezequiel Miralles y le cedió a Huracán una clasificación histórica, por lo deportivo y por lo económico. Sin embargo, pocas horas después, esos más de 30 millones de pesos en premios que se aseguró el Globo perdieron valor ante lo que se puso en juego: la vida de un puñado de personas.

A la mañana siguiente del partido internacional, con el Aeropuerto de Maiquetía como destino, el micro de la delegación quemera -que nucleaba a chofer, jugadores, cuerpo técnico, médico, Presidente de la Subcomisión Fútbol Profesional, Jefe de Seguridad y Jefe de Prensa- se dispuso a recorrer la Autopista Caracas-La Guaira. Aunque corto, el trayecto desde el hotel hasta el complejo aéreo cargaba con algunas cuestiones a tener en cuenta: tramos largos en bajada, curvas al por mayor, precipicios recurrentes a los costados del camino.

 

Tras pasar un túnel, Malvin Hernández, el conductor, notó que los frenos no funcionaban. Quiso trabar el vehículo con los cambios, pero también se rompió la caja. Hasta entonces, la velocidad estimada a la que iba el micro era 80 km por hora. Aumentó. Pasó los cien. Según los pasajeros, llegó a 120 o 130. Ramón Ábila aseguró que entre 150 y 160. En la desesperación, el chofer empezó a tocar la bocina para hacer consciente del desperfecto a la Policía, que escoltaba el viaje. Para tratar de disminuir la marcha, coordinó con los utileros, que también viajaban a la par, para que se pongan adelante con su combi y forzaran la baja del velocímetro. Lo intentaron. No funcionó. La camioneta recibió un golpazo de atrás y retornó a un lado.

A esa altura, quedaba una última curva antes de llegar al aeropuerto. Pero no se podía tomar con esa rapidez. Más allá del borde no había nada, solo el vacío. Advertidos de la situación, Fernando Salces y Pablo Santella dijeron a los jugadores que fueran a la parte trasera del micro. Eduardo Domínguez, primero en enterarse, se sumó al pedido. Al dejar la incredulidad de lado, todos accedieron. Los que pudieron, se abrocharon el cinturón de seguridad, pero no todos los asientos tenían. Se trataba de un ómnibus de un piso, algo descuidado, de pobre aspecto: el que quedó libre de los que se emplearon para los carnavales. Por eso, algunos solo se aferraron con fuerza a los respaldos. Otros buscaron alternativas, como Mauro Bogado, que se sentó sobre Germán Mandarino para compartir cinturón.

Hernández tomó la determinación de usar una de las rampas contiguas a la autopista, que fueron pensadas y diseñadas precisamente para frenar vehículos. Mientras la Policía alejaba a cuanto particular se aproximara, el micro cambió el rumbo hacia el tramo en subida hasta que se frenó y empezó a retroceder. Como nada le garantizaba no regresar al mismo contexto, el conductor apuntó al cerro y volcó. Los vidrios estallaron. Hubo gritos, golpes, cortes. La confusión por el choque aletargó a varios, que fueron ayudados por los menos afectados físicamente y más lúcidos, primeros en salir por la claraboya. Para colmo, el impacto hizo que empezara a verse y, sobretodo, olerse gasoil dentro del micro. El temor a una posible explosión apuró las improvisadas maniobras de rescate.

San Román se había quedado enganchado con el cinturón y lo auxiliaron. Mendoza fue socorrido porque no podía caminar por sus medios. Patricio Toranzo salió solo, pero rengueando. Alejandro Rossi, jefe de prensa, había perdido el conocimiento. El preparador físico Pablo Santella, aunque consciente, no se podía mover y necesitó la asistencia de más de uno. Fue una redundancia de escenas escalofriantes que trascendió aproximadamente a las dos de la tarde (hora argentina) del miércoles 10, cuando el accidente ya se había transformado en una de los sucesos más sensibles en la historia del club.

 

Este relato fue construido con la palabra de los protagonistas en diversos medios nacionales y partidarios, voces autorizadas para referirse al accidente, dirigentes del club e información que Aguante Huracán recolectó. Las fotografías fueron tomadas por Federico Parra (Getty). Los tweets insertados pertenecen al periodista Marcelo Salvio, que estuvo en Venezuela y visitó el escenario del vuelco. La publicación de esta nota tiene como único fin recapitular la historia y esclarecer sus grises, sin herir susceptibilidades ante lo que fue un hecho lamentable, desgraciado y desafortunado.


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