Uno se va a tomar las manos y jugar con los dedos. Otro, hacer rebotar el pie contra el piso repetidamente. Alguno intenso se pondrá las palmas en los cachetes en cada tiro de esquina o cuando desborde el ocho rival. Ante los micrófonos, los jugadores aseguran que toda la coyuntura desaparece cuando se saca del medio, pero son los hinchas los que se olvidan de verdad del resto del mundo cuando la pelota empieza a rodar. La revolución mediática que provocó la Superliga, un torneo idéntico al último excepto en la cantidad de equipos, las deudas de varios clubes con sus planteles y los pasquines de una AFA maquillada con una nueva dirigencia pero todavía presa de sus problemas de fondo, dejarán de tener importancia. Incluso la factura del gas, los pedidos del jefe y el examen de la semana próxima desaparecerán de las mentes por dos momentos de cuarenta y cinco minutos.

Para los hinchas de Huracán, esos lapsos de anestesia llegarán esta noche. El Globo enfrentará a Independiente en Avellaneda después de un mercado de pases en el que retuvo con dificultad al guardián del arco, pobló la defensa, diezmó el mediocampo y potenció la delantera. La presencia de Ramón Ábila será una cuota extra de letargo para un público que padeció más de un año una frecuencia bastante perezosa de ese instante de comunión y euforia que significa el ingreso de la pelota en el arco de enfrente. Mal (o bien) que le pese, Wanchope, que se irá del club antes de que termine la primavera, tendrá la difícil misión de estar a la altura de las expectativas generadas por su primer paso. Su mochila será más pesada aún que la de Coniglio, de quien tampoco se espera poco por el costo de su pase, la compra más cara en la historia de la institución.

Por supuesto, el cerebro no se desactivará por completo. En la cabeza de todo quemero estará punzante esa certeza de que su equipo es como un organismo preparado para la dosificación de alegría. El entrenador nuevo y los refuerzos son antibióticos conseguidos para optimizar ese organismo, pero el prospecto señala efectos secundarios que el hincha de Huracán ya experimentó en el pasado. Eso sí, durante un rato, no pensará en ellos. Mirará el partido con cautela, jugando con los dedos, rebotando el pie contra el piso y aplastándose los cachetes con las palmas.

 

Foto: Diario AS.


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