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Hace 2500 años, el Imperio Aqueménida, más conocido como Persa, planeó conquistar toda Grecia. De la mano del rey Darío I, hubo un intento dimanado en derrota tras más de treinta meses de enfrentamientos. Aquel ensayo malogrado se denominó Guerra Médica. Hoy, tal denominación tiene un añadido adelante: Primera. Una década después del fracaso, los persas volvieron a la carga. Liderado por Jerjes -hijo de Darío-, el ejército más grande de la historia formado hasta ese momento marchó a paso firme, sometió a Macedonia, Tracia y Tesalia, hasta que se topó con un imprevisto en el paso de las Termópilas.

Algunos dicen que fueron siete mil. Otros, 300. Lo cierto es que un puñado de guerreros, encabezados por el monarca espartano Leónidas, detuvieron durante una semana el ataque de cientos de miles. Fue una proeza heroica que se transformó en fuente de inspiración y respeto para todos los grandes reyes y emperadores de la historia, que se narró incontables veces y hasta llegó a merecer una alegoría hollywoodense. Anoche, se sumó otra versión adaptada del relato. Fue en Belo Horizonte, en un partido de fútbol. Y Huracán fue el protagonista.

Cruzeiro, el villano, atacó a lo largo y ancho de todo el estadio Mineirao. Para desechar la idea de que el tamaño del campo de juego es un detalle menor, basta con remontarse a la perfecta explotación de espacios que hizo la selección alemana en julio pasado para avergonzar al anfitrión del último mundial. El local no se conformó con el peso propio de la gran estrella, Leandro Damião, sino que mandó al frente a laterales, volantes de contención, mediocampistas creativos y cuantos hombres pudo. Como las flechas de los aqueménidas, llovieron los centros al área. Como los elefantes persas, embistieron Mayke y Mena.

Sin embargo, motivado por un sueño, el Globo sacó la fuerza necesaria para plantarse ante el rival más temible. Plenamente consciente de sus capacidades, limitaciones y necesidades, se paró delante del bicampeón brasileño y lejos estuvo de ser una conquista fácil. Con el coraje de Vismara, el Leónidas quemero, la garra de Mancinelli y la solidez de Balbi como grandes pilares, derribó los miedos de la previa y sumó un punto que cambió el panorama. Nada está dicho. No hay resultados predestinados. La clasificación no solo es posible, es el gran objetivo que buscará el equipo, que anoche evocó el espíritu guerrero que enorgulleció a la Antigua Grecia, hace 2500 años.


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