Al hincha que vio cómo la posibilidad de volver a amargar al clásico rival se le escurrió entre los dedos le será difícil aceptar lo poco de derrota que tuvo la de Huracán en Bajo Flores. El equipo de Eduardo Domínguez no marcó goles ni consiguió puntos, algo que se volvió repentinamente recurrente ante las ausencias por lesión y el inocultable cansancio que aquejan los jugadores desde hace un puñado de partidos. Pero la coyuntura que acompañó el triunfo de San Lorenzo en su estadio fue, cuanto menos, original.

Será pecado de la estadística recordar únicamente la diferencia, tan real como poco correlativa con el desarrollo, en el resultado definitivo, pero estarán purgados de tal culpa aquellos que se tomen un momento para escarbar un poco más en su análisis. El Globo, aún diezmado en la línea de volantes, hizo pie en la casa de uno de los punteros, lo arrinconó, le infundió temor y lo llevó al paroxismo del pragmatismo, que el entrenador Pablo Guede abrazó sin dudar para la tristeza de sus partidarios y la ratificación de sus críticos.

La bronca característica de una caída frente al rival de toda la vida saca algunas cabezas de ventaja cuando se rebobina y aprecia que el único desnivel ni siquiera nació de un mérito ajeno sino por error propio. Para cerrar el colmo, lo rubricó el capitán, Martín Nervo, hombre de gran estima a lo largo y ancho de la tribuna. No obstante, una vez que el reloj corra y los humos bajen, se hará notable la huella que quedó en el Bajo Flores, donde el Ciclón tuvo que sacrificarse al máximo y aún algo más para vencer a Huracán.


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