En más de una oportunidad, en este espacio hicimos énfasis en las máximas del fútbol. Las que se cumplen ocasionalmente, las que no fallan, las improbables, las absurdas. En verdad, el deporte está poblado de ellas. El botón de muestra, esta vez, fue lo que hizo Huracán ante San Lorenzo en un partido que dejó la marca de las uñas en las palmas de las manos y dolor de mandíbula, tildado como uno de esos duelos en los que «el que hace el gol, gana», como si estuviera prohibido marcar más de uno.

La noche cálida en Parque Patricios fue testigo de dos goles convertidos por diferentes equipos. Ninguno ganó, pero se llevaron sensaciones bien diferentes. El de camiseta azulgrana dejó entrever más respeto por el rival que confianza en sí mismo. Todo lo bueno desde el aspecto táctico que había demostrado en las fechas pasadas desapareció en pelotazos de Prósperi, malas salidas de Paulo Díaz y la falta de conexión entre volantes. La velocidad de Cerutti resultó el arma predilecta, la más punzante y la que cambió el doble cero del tanteador en un ataque tan aislado como profundo.

El local trazó un balance con algunos puntos en la columna del activo y otros varios en la del pasivo. Por un lado, mostró intensidad y aptitud física. Con voluntad de acero, levantó el nivel tras la categórica derrota internacional. Además, se regocijó con un Rolfi Montenegro versión 2002. La contracara fue el desfase de líneas, la poca creatividad de mitad de cancha en adelante y el irreconocible nivel de los mejores hombres.

Pero fueron justamente ellos los que armaron la jugada de la redención. Balbi, que padeció la marca de Cerutti, tuvo la frialdad necesaria para evitar el centro apresurado y entregar la pelota a un compañero mejor ubicado. Romero Gamarra le imprimió la comba y potencia exactas a su envío aéreo. Espinoza, que en una acción similar previa había rematado de volea sin éxito, volvió a calzarse la pilcha que mejor le calza, la de asistente. Ramón Ábila desató el festejo que hizo vana la ayuda de Rapallini y el flojo rendimiento colectivo del Globo, que no se dio por vencido ni aún vencido.


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