Un sabor semiamargo es el que nos queda después del empate frente a Mineros de Venezuela. Cuando empezó el encuentro, se vio a un rival que daba ventajas y tenia errores infantiles, por lo que a casi ningún hincha se le pasó por la cabeza irse sin una victoria del Ducó.

Como el futbol no tiene nada de lógica y sí muchos imprevistos, la situación se fue complicando. Hasta el punto de estar perdiendo con un equipo que prácticamente no había generado situaciones de gol. Huracán atacaba y atacaba, pero no podía convertir. Y gracias a un regalo del arquero rival, pudo empatar el marcador. Otra vez se podía percibir el optimismo en la gente.

Puede parecer un pensamiento mezquino, pero empatar de visitante en la Copa Libertadores, a priori, no es un mal resultado. Por eso, los venezolanos priorizaron la parte defensiva; cerrados atrás a Huracán le costaba mucho entrar.

Los minutos pasaban e indudablemente surgió el nerviosismo que el contexto y la competencia ameritan. Montenegro demostró en poco tiempo lo superior que es al resto de sus compañeros (tuvo un tiro en el travesaño e inventó un penal). El segundo gol de Mineros desvirtuó toda la naturaleza del partido, la noche se puso completamente negra.

A pesar de no haber podido conseguir el triunfo, el público reconoció el buen partido del equipo. No se debutó como se esperaba, es cierto, pero se empató un encuentro que estaba prácticamente perdido, y eso mejoró un poco el panorama de lo que se viene. Un viaje demasiado duro nos espera el próximo martes, en el cual Huracan deberá enfrentar a Cruzeiro (el candidato del grupo), en el imponente estadio Mineirao. Podemos dar la sorpresa, y ganar por primera vez en tierras brasileras.


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