«Guruceaga sigue mandándose macanas y macanas y macanas», dijo a Radio Sport 890 de Uruguay la mamá de Damián Frascarelli, arquero suplente de Peñarol, que anoche calentó un asiento del banco visitante en el Palacio Ducó. La señora armó un revuelo a lo largo y ancho de la República Oriental, pero ayer habrá apagado la televisión más temprano que tarde. El Uno del Manya hizo posible lo difícil, que Huracán no anote en su estadio. Y el Globo lamentó más que nunca su sequía: deberá buscar la clasificación de visitante ante el mejor equipo de la Copa.

Después de convertir una docena de goles en los últimos tres partidos como local, el conjunto de Eduardo Domínguez quedó en cero pese a las 31 llegadas que registró, la mayor cantidad de un único equipo en un partido desde que inició la Libertadores. Ni siquiera se puede decir que Huracán se quedó sin gritar, el remate con destino de red de Rolfi Montenegro en el final del partido, acción que desencadenó un epílogo exageradamente condimentado, provocó una explosión en la tribuna local que se apagó ni bien la algarabía permitió ver el brazo en alto del juez de línea.

Tras el contragolpe, la tapada encomiable de Marcos Díaz y el gol anulado al visitante, llegó la ratificación de un cero tan grande como la expectativa del público. Ramón fue más Ábila que Wanchope, encadenó un error de decisión con otro técnico y resignó el triunfo frente a la primera y única vez que Guruceaga desprotegió el arco. Aunque el empate sin goles ganó en valor horas más tarde, cuando Atlético Nacional derrotó a Sporting Cristal en Perú, no aseguró un pasaje a la siguiente ronda. Para conseguirlo, Huracán tendrá que conseguir el ticket en la primaveral y florida Medellín.


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